CAPÍTULO 2: ENFRENTAR LA REALIDAD

Hoy 20 de febrero se cumplen 17 meses de la partida de Mónica.
 
Hace 17 meses aterrizamos en la terminal de Tocumen, Ciudad de Panamá, después de 5 horas de viaje que se habían multiplicado por muchas más,  cada minuto que pasaba se hacía eterno durante el viaje. 
 
Cuando escuche la voz del capitán que indicaba que estábamos por llegar a la Ciudad de Panamá me sentía muy nerviosa, no sabía qué era lo que me esperaba cuando bajara del avión. 
 
Enseguida aterriza el avión encendí mi celular, entraron cientos de mensajes de condolencias.  “No sentí deseos de leerlos”.  Esperamos que el avión aparcara, apagara sus motores y nos permitieran salir. 
 
Cuando llegamos a migración, fuimos muy bien atendidos, nos dieron paso expedito, gracias a nuestro primo Javier Licona, que nos estaba esperando y agilizó el proceso de salida de migración.  Al rato, fueron llegando los panameños que venían con nosotros en el vuelo desde  Chicago, nos acompañaron y apoyaron hasta que salieron las maletas.  Retiramos las maletas y nos dispusimos a salir del área, afuera nos esperaban familiares y amigos, entre ellos mi hija Lianna.  Este encuentro fue muy emotivo, muy fuerte para todos.
 
Antes que nada, lo primero que Beto y yo queríamos hacer era ir a la morgue a ver a nuestra Mónica.
 
El camino desde el aeropuerto hacia la morgue del Hospital Nacional se hizo eterno y muy triste, son esos momentos en los que sabes que tienes que llegar, pero que no quieres llegar, pero tienes que llegar.
 
Finalmente llegamos al Hospital Nacional, tuvimos que esperar un rato para que nos dieran el permiso y entrar a ver el cuerpo sin vida de nuestra hija.  La ansiedad y los nervios nos abrumaban, hasta que nos avisaron que podíamos entrar.
 
Solo nos permitieron entrar a Beto y a mí.  Había llegado el momento de enfrentarnos con nuestra dura realidad, el momento en que abrirían la gaveta en la que estaba el cuerpo de nuestra Mónica.
 
Recuerdo que estaba calmada,  había pedido al señor que me fortaleciera. 
 
Abrieron la gaveta y vimos a Mónica, enseguida  Beto se aferró a su cuerpo abrazándola y besándola, sollozando.  Yo solo lo veía, me sentí  tan impotente,  no podía consolarlo.
 
Solo escuchaba “¿Por qué?, ¿Por qué?, ¿Por qué?.....  “
 
Entre los dos  la abrazamos, la besamos, le decíamos lo mucho que la amamos, las lagrimas se desbordaban de nuestros ojos sin parar y sentía que mi pecho se me apretaba y apenas podía respirar.
 
Con nosotros dentro de la morgue estaba una señora, que para mí, fue un ángel en ese momento tan difícil. 
 
La señora  me mira fijamente y me dice, “Señora Licona, ¿cuántos años tenía su hija?”
 
Le contesté: mi niña tenía 22 años recién cumplidos el 11 de agosto.
Ella me contesta:  “Señora dele gracias a Dios que le dio la oportunidad  de disfrutar a su hija por 22 años, usted tiene una historia de su hija, tiene vivencias lindas con su hija, recuerdos hermosos de su hija, cuántas personas solo tienen a sus hijos un día, una semana, un año, esas personas tuvieron a sus hijos por muy poco tiempo y hoy día no tienen nada para recordarlos”. 
 
En ese momento en el que estaba sumergida en un profundo dolor, las palabras de aquella señora me llegaron al corazón y recuerdo que sentí una sonrisa que se dibujaba en mi rostro. 
 
Inmediatamente, recordé todo lo que había vivido con mi Mónica desde que nació. Y pensé en el comentario de la señora, en ese momento fue muy oportuno, tenía toda la razón.
 
Mónica a su corta edad nos dio muchas glorias que siempre tendremos presentes en nuestros corazones. 
Las palabras de esta señora se han quedado grabadas en mi mente y en mi corazón.  La lección que me enseñó con estas palabras fue muy valiosa y reconocí que dentro del profundo dolor y sufrimiento, había  algo positivo, una luz que me daba fuerzas para seguir adelante con nuestras vidas.
 
Estuvimos un rato acompañando a nuestra hija y luego salimos de ese lugar.  Afuera de la morgue, nos esperaban familiares y amigos, con su apoyo y solidaridad ante este dolor tan intenso que sentíamos.
 
Llegamos a nuestra casa y casi no pudimos entrar.  Nuestra casa y nuestra calle estaba abarrotada de personas y carros que llegaron a darnos el pésame.  Dentro de nuestro dolor, sentíamos el amor de toda la familia, vecinos y amigos y esto nos hizo sentir mucho mejor.
 
Gracias a todos los que nos visitaron ese día y los días posteriores.  Creemos que en dos días llegaron más de mil personas a nuestra casa.  La fortaleza de Dios se expresaba en cada persona que llegaba con un abrazo, un beso, un libro, compartían nuestro dolor, nos acompañaban durante el día y la noche. 
 
No tienen idea la fortaleza que sentimos con todas las muestras de amor  y solidaridad hacia nuestra familia.
 
En la noche llegó Chicho (el esposo de Mónica) a nuestra casa.  Recuerdo que Chicho me dijo que él y Mónica estaban agarrados a una cuerda cada uno y que sentía que su cuerda fue la que se rompió. 
 
Esa noche, no dormimos.   Beto, Lianna y yo nos acostamos juntos, abrazados y abrumados con el dolor,  tratando de encontrar alguna tranquilidad.
Llegó el momento de la ceremonia para la cremación.  Llegamos temprano y volvimos a compartir unos momentos con Mi hija, Mónica estaba hermosa. Tenía el rostro lleno de paz y amor.  Familiares, amigos y compañeros de trabajo, nos acompañaron.
 
El Padre César, presidió la ceremonia, amigo muy querido de Mónica, quien había presidido su ceremonia de matrimonio un año antes. 
Unos minutos antes de la ceremonia,  el padre César, se acerca  y me dice, “Señora Licona,  ¿usted sabe que ahora tienen a alguien  que intercederá por ustedes ante Dios?”
 
En todo este tiempo estuve buscando algo positivo que me ayudara a levantarme de este profundo dolor y cuando escuché esta frase, miré al padre César y le sonreí en señal de agradecimiento.
 
Me aferré a esa frase; era la que necesitaba en ese momento para  que me ayudara a aliviar el dolor que sentía. Y así, se fue manifestando la fortaleza y el amor de Dios, en mi vida.
 
El miércoles 23 de septiembre de 2015 fue su misa.  Desde muy temprano fuimos a buscar la urna con las cenizas de mi amada Mónica.  Este fue otro momento muy difícil.
 
Nos entregaron la urna y nos dirigimos hacia la Iglesia Nuestra Señora de Guadalupe, donde se haría el sepelio.  El Padre César presidió la ceremonia.
 
Tan pronto llegamos a la iglesia ya habían familiares, amigos y compañeros de trabajo, que se acercaban a darnos el pésame.
 
En ese momento, recuerdo como si fuera hoy, que sentía una paz y un amor inmenso.  Me sentía flotando en una nube llena de amor.  Todas las personas que llegaban a la iglesia, que de un momento a otro quedó abarrotada, me llenaban de amor y la presencia y la fortaleza de Dios la sentí en todo momento. 
 
Recuerdo que los familiares y amigos se acercaban a darme el pésame muy triste y yo les daba ánimo.  De alguna forma yo sentía en mi corazón que Mónica estaba en un lugar hermoso y que estaba bien.
 
Nuestro eterno agradecimiento a todas las personas, amigos, familiares, vecinos y compañeros de trabajo por su apoyo solidario y  por acompañarnos en este momento de profundo dolor en nuestra familia.
 
¡Que Dios los bendiga a todos y los inunde con su paz y su amor!  Hasta el 20 de marzo.
 
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